Justo ahora, en este instante, estoy sintiendo latir mi corazón como hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Los pensamientos rondan mi cabeza, uno tras otros, sin piedad ni control.
Unos me superan, otros me hacen rendirme. Otros sin embargo me levantan y me ayudan a seguir hacia delante, me dicen a gritos que vale la pena, que siempre hay algo por lo que merece la pena luchar.
Mis recuerdos me invaden; ese pasado tan amargo que dejé hace ya tiempo a mis espaldas, al final de ese largo camino que vengo desde hace tiempo dejando atrás. Pero parece que nunca el camino es lo suficientemente largo como para que deje de rozarme con su brisa, esa brisa tan suave pero tan resistente a la vez, esa brisa que se cala por mi huesos dejando ese resquemor dentro de mi, sin dejarme avanzar...
Y es que cada vez que intento imponerme ante ese pasado, demostrarle que puedo ser mucho más fuerte que él, siempre hay algo que me recuerda que no todo es tan fácil, que no todo se supera con sólo plantarle cara y batirte en un duelo por demostrar a ver quien es más fuerte de los dos.
Y menos en mi caso, yo, una de las personas más débiles en lo que se refiere a las cosas que me pasan en ciertos momentos de mi vida.
Sin embargo, siempre he sido una persecutora incansable del positivismo, de la fuerza, de las ganas de querer seguir hacia delante, de dejar todo el pasado atrás y querer empezar cada día una nueva historia, querer renacer cada día al abrir los ojos.
Y lo hago, juro que lo hago, pero siempre hay algo cada día que me hace estancarme de nuevo, que no me deja avanzar; justo en ese momento, cuando parece que todo va sobre ruedas y que no podría ir mejor de lo que ya es, es cuando ese rayito de sol tímido que salía de entre las nubes vuelve a esconderse, o mejor dicho, lo tapan, lo obligan a volver a su sitio oculto, detrás de esa densa y oscura nube.
Cada día es un nuevo comienzo para mí desde que me di cuenta de algo que creía que no era cierto. Me di cuenta de que los sentimientos no pueden negarse, de que aparecen por sí solos, sin que nada ni nadie pueda evitarlo.
Y eso es justo lo que a mi me pasó. Surgió de nuevo, sin que yo pudise darme cuenta, sin que yo pudiese evitarlo...y es que la verdad, tampoco quería hacerlo.
Fue justo en esos momentos, al darme cuenta de esa realidad, cuando volví a renacer.
Y es que estaba segura de que esta vez sí que era de verdad, sí que era sincero, sí que era algo diferente, algo que nunca antes había sentido.
No quise callármelo, no quise omitir ni un sólo detalle de aquello que había renacido de nuevo en mi. Ese nuevo comienzo. ESE PRESENTE.
Me costó creerme que aquello que sentía era de verdad, pero no me hizo falta concienciarme de ello, ya que el tiempo, el día a día, me hizo darme cuenta de que aquel sentimiento era inevitable y más verdadero que todos los que había sentido hasta el momento.
Y cuando me di cuenta de que aquello era inevitable, que era cierto, obvié todos aquellos obstáculos que se presentaban de por medio, que no eran pocos.
Más bien eran muchos y sólidos. Aquello no sería fácil y yo era consciente de ello. Sin embargo, quise intentarlo.
Pero con el tiempo me volví a dar cuenta de lo tremendamente débil que soy al ver cómo mi sólida resistencia se iba desvaneciendo poco a poco, como aquella nieve que inevitablemente se esparce por los huecos de entre los dedos.
Pero hay algo que me caracteriza y de lo que siempre he estado orgullosa: mi fuerza de voluntad.
Siempre he querido intentar de nuevo las cosas, nunca me ha gustado ese sabor amargo que deja el "qué hubiese pasado si..." No, eso no. Mejor intentarlo que quedarte con el miel entre los labios.
Sin embargo, hay veces que, por mucho que lo intentas, siempre hay algo o alguien que tiene más poder que tú en lo que al tema en cuestión se refiere. Siempre va a tener mucho más poder de decisión que tú, va a gobernar mucho más que tú y va a decidir lo que se puede o no se puede hacer, sin que tú puedas hacer nada por evitarlo.
Es en ese entonces cuando intentas dar lo mejor de ti, demostrar que sólo quieres ese algo para hacerlo felíz, para regalarle tu sonrisa de cada día, para quererlo, para amarlo, respetarlo, todos y cada uno de los días de tu vida.
Pero nada es suficiente, siempre hay algo que lo echa todo a perder. No te cree o, simplemente no te considera lo suficientemente buena como para merecer ese tesoro que tú tanto reclamas.
Te apartan de él, sin que tu puedas hacer nada por evitarlo. Y es en ese entonces cuando ves que tu vida se desmorona de nuevo, que ya no está en tus manos el luchar y el querer seguir hacia delante porque, por mucho que tu quieras, está ese algo o ese alguien que te lo impide.
Y te quedas en blanco, sentada en tu balcón, sintiendo cómo tus lágrimas te recorren y te recuerdan que nada va a ser tal y como tu tenías pensado que sería.
No podrás quererlo de esa manera tan enorme que tú tenías pensado, no podrás demostrárselo tal y como se lo merece. Es en ese momento cuando sientes que no hay forma de seguir, que no hay ningún sendero que indique la salida, si no que todo es un laberinto cuyas calles te llevan todas al mismo sitio sin salida.
Y no sabes qué hacer, te encuentras perdida, confusa, sin saber qué camino escoger, por si acaso hay alguno que tenga una doble salida que te lleve a un imaginario final.
¿Final? no lo sé, no se si en este caso existe o es sólo fruto de mi imaginación.